-¡Bueno, chicas, hora de lavarse los dientes y a dormir!

Arrecian las protestas, como cada noche. Mamá está muy cansada, y no ve la hora en que sus hijas estén ya dormidas. Pero para eso aún queda un buen rato: el cuarto de baño, el cuento, las nanas, el beso de buenas noches…Mamá cree que quizá Alma y Luz son ya un poco mayores para seguir cantándoles nanas, pero a ella le cuesta eliminar ciertos rituales a pesar de que vayan creciendo. Son ya muchos años, ¡ocho ya! desde que nació Alma, y seis desde Luz. Mamá aún les canta como si fueran bebés, las mismas seis canciones cada noche, aunque alterando el orden de cuando en cuando, para que no se aburran. Pero ellas jamás protestan, de modo que el ritual continúa, probablemente hasta que ellas lo decidan.

Tras el cepillado, el pis, las risas, las últimas y apresuradas caricias al gato, la búsqueda del libro que toca leer, y el proceso interminable de elegir la ropa para el día siguiente, las niñas, por fin, se meten en la cama.

-¡Bueno! -dice Mamá abriendo el libro-, vamos allá con “Si ves un monte de espuma”.

-Mamá -dice Alma-, ¿por qué hoy no hablamos en vez de leer?

-Muy bien- dice Mamá.

Cada tres o cuatro noches las niñas se deciden a ponerla en algún que otro aprieto con sus preguntas y confesiones.

-¿De qué queréis hablar?

-No sé -dice Alma- empieza tú.

-No, empiezo yo -interrumpe Luz. Le encanta llevar la contraria a su hermana-.

-Venga, pues di algo -apremia Alma.

-Pues que yo no quiero ir al cole, quiero estar contigo.

“Y dale” piensa Mamá. Esto es ya un clásico en el repertorio de Luz.

-Ya lo se, mi niña -le dice Mamá-, pero yo no puedo atenderte por ahora, ni enseñarte.

-¿Y por qué no? -protesta Luz-. Tú misma dices que hay muchas niñas y niños que no van al cole, y que aprenden en casa.

-Es verdad -dice Mamá-, pero yo tengo que trabajar, y no puedo quedarme en casa contigo. Además, tu hermana va al cole, y tú te aburres como una ostra sin ella, ¿a que si? Quizá algún día organicemos un cole en casa, pero de momento no es posible.

-Vaaaaaaale -dice Luz no muy convencida-, pero pronto, que a mí no me gusta ir al cole, y las fichas son un rollo.

Mamá suspira. Una asignatura, otra más, pendiente.

-Mamá -dice Alma- ¿qué es un pecado?

“Vaya”, piensa Mamá “con lo tarde que es”.

-Pues para las personas católicas, pecado es no cumplir las reglas que tiene su religión.

-Y nosotras, ¿somos católicas? -pregunta Alma-.

-Pues…en realidad, no -contesta Mamá-.

-¿Y papá?

-Tampoco.

-Pero, -insiste Alma- ¿qué es ser católica?

“Uf”, suda Mamá. Se considera malísima explicando estas cosas.

-Vamos a ver -dice-: ¿Te acuerdas de lo que hablamos de las distintas religiones? Pues la católica es una de ellas. Cada religión tiene sus propios ritos y reglas, y las personas que son de esa religión tienen que cumplirlas. Y, para el catolicismo, si no cumples sus reglas, cometes un pecado.

-Y, ¿cuáles son las reglas católicas? -pregunta Alma-.

-Pues tienen muchas, como no matar, no robar, no mentir…Y también otras, como casarse para siempre y no separarse, no hacer el coito antes de casarse…Tampoco ven bien, por ejemplo, usar anticonceptivos, o que dos hombres o dos mujeres sean pareja.

-¡Ah! -exclama Alma triunfante- entonces Abuela y Abuelo son católicos, aunque Papá, siendo su hijo, no lo sea.

-¿Y cómo lo sabes? -pregunta Luz bostezando. Ya es tarde, y tanta profundidad le da sueño-.

-Bueno -dice Alma-, lo sé por dos cosas. Primero, cuando le conté a Abuela que tú y Mar sois novias, se enfadó muchísimo y dijo que eso era imposible, que dos mujeres no podían ser novias.

-¿Se lo contaste a Abuela? -pregunta Mamá boquiabierta-, aunque intentando disimular.

-Claro, es mi abuela -responde Alma con toda naturalidad-. Pero ya no se lo digo más, porque no veas cómo se pone.

 

Mamá suspira de nuevo tratando de que no se le note demasiado su tristeza. Con razón la abuela ya no la llama nunca para hablar con las niñas, siempre espera a que estén en casa de su padre. Mamá lo entiende, pero últimamente tiene que hacer esfuerzos para entender demasiadas cosas y, a veces, se desborda. Mira a su hija, y logra componer una leve sonrisa.

-Bueno, y ¿por qué otra cosa sabes que la abuela y el abuelo son católicos?

-¡Yo lo se! -grita Luz-.

-¡Lo digo yo! -grita Alma aún más fuerte-.

-¡Jooooo! -protesta Luz- ¡nunca me dejas hablar!

-Bueeeeeeno -concede Alma de malísima gana-.

-Mira -dice Luz muy rápido, no sea que alguien la interrumpa-: Abuela y Abuelo son católicos porque siempre se están peleando pero nunca se separan, son unos petardos.

-Exacto -corrobora Alma-.

Mamá no puede evitar echarse a reír a carcajadas. Le encanta la lógica de sus princesas.

-Además -añade Alma muy solemne- Abuelo tiene mucha cara, porque siempre está leyendo el periódico o viendo el fútbol, y Abuela tiene que hacerlo todo.

-Es verdad -dice Luz enfadada-, Abuelo nunca hace nada, ¡nada!

-Pues hablad con él -sugiere Mamá- y decidle que la ayude.

-¡Eso vamos a hacer! -se entusiasma Alma-. Le vamos a decir que no tenga tanta cara.

-Bueno -dice Mamá-, lo que pasa es que Abuela y Abuelo ya son mayores, y es muy difícil que cambien sus costumbres, pero podéis intentarlo.

-Mamá -dice Luz. De pronto se ha puesto muy seria-. ¿Quién se va a morir primero, Abuelo o Abuela?

-Pues Abuelo -afirma Alma muy segura- porque él es mayor.

-No necesariamente -dice Mamá- eso de morirse no funciona así.

-Pues ¿cómo funciona entonces? -preguntan las dos a la vez-.

-Nadie sabe quién va a morir primero, ni cuándo. Las personas viejas se mueren, sí, pero también la gente joven muere, incluso las niñas y los niños.

-¿Siiiiiiiii? -dicen al unísono-. Les cuesta asimilar lo que dice Mamá. Alma se ha incorporado, y mira a Mamá con ojos muy abiertos. Entretanto, Luz se ha acurrucado entre las mantas, y de pronto se echa a llorar.

-¿Qué te pasa, mi niña? -Mamá le agarra las manos y se las besa despacito-.

-Yo no quiero que te mueras -dice muy bajito-, y yo tampoco quiero morirme.

“¡Socorro!”, piensa Mamá. “¿Dónde está el manual de instrucciones para estos casos?”.

-Pero Mamá -dice Alma muy seria-, ¿cómo se muere una?

-Pues… de muchas formas -dice Mamá-, pero básicamente, el corazón se para, dejas de respirar y…

-…Y te duermes -termina Luz entre lágrimas-.

-No, cariño -dice Mamá suavemente-, dormida no es lo mismo que muerta. Cuando te duermes te despiertas luego, pero cuando te mueres ya no te despiertas más.

-¿Nunca? -pregunta Alma muy impresionada-.

-Nunca -contesta Mamá-. El cuerpo deja de funcionar y se para.

-Entonces -prosigue Alma muy bajito- si tu corazón se parase ahora mismo, ¿te morirías?

-Sí -dice Mamá dulcemente- me moriría.

-Y si Papi también se muere, ¿con quién vamos a vivir Luz y yo?

Alma ha sido siempre una niña muy práctica.

-Pues no sé -dice Mamá- ya se arreglaría. Podríais ir a vivir con Abuela, o con la Tía Sofía, o con el Tío Pedro…Todo el mundo querría cuidar de vosotras.

-Yo no quiero que se te pare el corazón -dice Luz llorando quedamente-.

-Yo tampoco quiero, preciosa, pero eso nunca lo podemos prever. No os preocupéis, intentaré estar con vosotras el mayor tiempo posible.

-¡Eso! -dice Alma sonriendo- y luego nos morimos todas a la vez cogidas de la mano, tú nos aprietas fuerte, ¿vale?

Mamá sonríe, aunque por dentro se siente muy confundida, y también triste. No quiere mentir, pero tampoco quiere preocupar a sus pequeñas más de la cuenta. No sabe qué es lo que sería mejor decir.

-Lo intentaré, mi niña -dice, y la abraza muy fuerte-. Y ahora, a dormir, que es muy tarde. Buenas noches, preciosa.

-Buenas noches, Mami -contesta Alma bostezando-.

Mamá se acerca a la cama de Luz, que sigue aún acurrucada en la misma postura. La arropa bien y le da un beso muy apretado.

-Dulces sueños, princesa.

-Mamá -dice Luz- tengo miedo.

-Yo también, cariño -responde Mamá-.

-Las madres, ¿también tienen miedo? -pregunta Luz-.

-Yo sí, muchas veces -dice mamá-, pero cuando tengo miedo, cierro los ojos y os veo a vosotras dos sonriendo, y me siento mucho mejor.

Luz sonríe, ya con los ojos cerrados. -Es que nos quieres mucho, ¿verdad?

-Sí. Os quiero muchísimo. Buenas noches, preciosa.

Mamá le da otro beso y se levanta. Ya en la puerta, se vuelve a mirar a sus hijas.

Sólo se oye el ronroneo del gato y la pesada respiración de las niñas. Sonríe, y suspira con tal fuerza que casi se le desinflan los pulmones. Apaga la luz del pasillo y sale de la habitación.

 

Mar la espera ya en la cama, y Lucía se sienta a su lado.

-Uf -dice- hoy ha sido horrible.

-Ya, ya lo he oído -dice Mar-.

-¿Por qué todo tiene que ser tan difícil para ellas? -pregunta Lucía-.

-Lo es para todo el mundo.

-Ya lo se -responde Lucía-, pero ellas ¡son tan pequeñas todavía!

-Bueno, al menos tienen con quién hablar -dice Mar-. Muchas veces, los padres y las madres se escaquean cuando sus criaturas les hacen preguntas difíciles, pero tú les contestas sin mentir.

-Pues no me extraña que la gente se escaquee -suspira Lucía-. Duele mucho.

Se acuesta y se acurruca en los brazos de Mar.

-Creo -dice- que mañana sacaré otro libro de la biblioteca, alguno que les entusiasme y que les dure cinco o seis días.

Mar sonríe. -¡No empieces a escaquearte tú también!

-Sólo un poquito -dice Lucía bostezando-. Necesito una tregua.

Mar apaga la luz. El reflejo de la luna entra por la ventana, y todo está en silencio. -Pues la verdad es que yo tampoco quiero que te mueras -dice-.

-Veré qué puedo hacer -contesta Lucía medio dormida-. Mañana pediré número para hablar con Dios.

-Tonta -dice Mar- hablo en serio.

-Le diré que no me quiero morir hasta que las niñas sean mayores.

-Tú no crees que exista ese tipo de dios al que se le piden cosas -dice Mar-, así que no te hará caso.

-Ni a ti tampoco te hará caso, aunque sí creas -contesta Lucía-. Me moriré cuando me toque, y ya está. Lo mismo que tú, y que ellas. Estoy cansada, vamos a dormir.

-Vale -suspira Mar-, pero no te mueras esta noche, ¿eh?

-¡Qué pesada! Duérmete ya.

-Buenas noches, amor.

-Buenas noches.

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