La terapia de orientación Gestáltica tiene muchos logros. Uno de los más conseguidos, es poner a las emociones en un lugar digno a considerar dentro del funcionamiento del ser humano, (y del ser humano inteligente, además), lejos de ese estigma mohoso y paternalista que usaba a las mujeres y a los niños y niñas como único receptáculo aceptado para canalizar las emociones globales. La cultura que tenemos de tapar, disimular, negar, distorsionar o manipular las emociones es el resultado de haber instaurado a la razón como la antena suprema que capta la verdadera sabiduría capaz de llevarnos por la vida de la manera correcta. Y, debido a ello, las personas más emocionales han sido relegadas a la categoría de ‘locas’, ‘dramáticas’, ‘exageradas’ o ‘teatreras’.

Sin embargo, el humanismo en general, y la Gestalt en particular, considera que las emociones son una parte más de cualquier ser humano, y que eliminarlas de la ecuación no hace sino causar daños estructurales en el sistema que compone a la totalidad de la persona. Por eso, la columna vertebral de la Terapia Gestalt consiste en desenterrar las emociones, desempolvarlas, nombrarlas, y ponerlas al mismo nivel que lo corporal o lo intelectual.

¿Porqué las emociones son tan importantes? Pues porque son las que determinan cómo nos sentimos. Y porque cómo nos sentimos, determina cómo actuamos. La mente y el cuerpo pueden sufrir, y la Gestalt también trabaja sobre ambos. Pero, aunque lo que pensamos determina qué tipo de emociones experimentamos, solo nos enteramos de qué nos pasa cuando las emociones se manifiestan en el cuerpo, y por eso trabajamos sobre ellas, para poder traer a la conciencia lo que nos pasa cuando unas u otras emociones hacen su aparición.

Sin embargo, a veces, nos vamos al extremo opuesto y, entonces, parece que el termómetro de las emociones, y la temperatura que marca, es lo único confiable, y se convierte en el bastón en el que nos apoyamos para ir por la vida, da igual lo que marque. ‘Es lo que siento’ se convierte en el mantra a repetir en cada situación en la que haya que justificar (hacia adentro o hacia afuera) un comportamiento, decisión, reacción, preferencia o sentimiento, y parece que eso va a  misa. Si lo siento, es que es así y punto.

Es cierto que, en los primeros tiempos de la terapia, el o la terapeuta validan esto, porque hay una etapa en la que, desenterrar, poner sobre la mesa, y dignificar lo que se siente, es muy importante para empezar a ‘fiarse de unx mismx’. Es un proceso de aprendizaje, en el que vamos viendo la manera de sacarnos de encima los pesos soportados por negar lo que sentimos y, por ende, lo que somos.

Pero, desafortunadamente, las emociones no siempre van a misa. Ciertamente, no solo por sentir algo significa que es verdadero, solo significa que lo estamos sintiendo, y los motivos para sentirlo pueden ser múltiples, muchos de ellos neuróticos.  De hecho, las emociones engañan tanto como nos puede engañar la mente. Más que engañarnos las emociones, lo que ocurre es que la lectura que hacemos de ellas, y de lo que nos provocan, es errónea. Y, al equivocarnos en la lectura de las emociones, damos pie a toda una serie de acciones y reacciones que poco (o nada) tienen que ver, en realidad, con lo que DE VERDAD nos está pasando en ese momento.

Un ejemplo muy sencillo sería cuando vamos conduciendo y tenemos prisa porque llegamos tarde al trabajo. Nos agitamos, protestamos por cada semáforo en rojo, insultamos al que se quiere colar en el cambio de carril, y nos impacientamos hasta la saciedad si hay atasco. ¿Qué provoca esas emociones? Si contestamos sin pensar, diremos que las provocan la cantidad de semáforos que el ayuntamiento ha colocado en ese trayecto, o las personas incívicas que se quieren saltar la fila, o la mierda de atascos que nos tenemos que tragar a lo largo del mes en esta ciudad. Sin embargo, si nos paramos un momento, vemos que son los pensamientos «voy a llegar tarde a la presentación»; «me van a echar la bronca»; «ya es la cuarta vez que llego tarde este mes», o «de esta ya me van a echar del trabajo» lo que provoca esas sensaciones corporales que llamamos emociones. Pero, en lugar de atender eso que nos está pasando REALMENTE, esa inquietud, ese miedo, esa culpa, por las consecuencias del retraso, hacemos otra lectura, la que nos da la gana, y ponemos todo el foco en un sitio diferente.

Otro ejemplo sería cuando estamos lidiando con nuestrxs hijxs o nietxs, intentando que terminen de comer, hagan los deberes, o se duchen. Están remoloneando, ignorándonos o, directamente, desafiándonos y rechazando hacer lo que les decimos. En ese momento, sentimos un cúmulo de cosas en el cuerpo, que pueden resumirse en ‘un cabreo de narices’. Los pensamientos que sustentan este estado emocional son del tipo ‘es un niño desobediente’, ‘esta niña es una rebelde’, ‘siempre igual, es que quiere fastidiarme’, o ‘no veo la hora de que tenga 25 años y esté bien lejos’.

Sin embargo, si nos detenemos a ver qué nos está pasando REALMENTE, podemos ver que, el hecho de que nuestra hija o nieto no nos obedezca, despierta en nosotrxs una serie de miedos, recuerdos, complejos, tristezas y frustraciones, que nada tienen que ver con él o ella, o con la situación presente, sino más bien con situaciones de nuestra historia bien lejanas en el tiempo, pero bien presentes en nuestras reacciones.

Un ejemplo más (mío veridiquísimo). Mi madre de 82 años me pide ayuda. Tiene miedo de dormir sola, porque siente que se ahoga y le cuesta ir sola al baño. Tiene ansiedad, creciente deterioro físico, y fuma bastante, a pesar de tener un enfisema pulmonar y un tumor en el pulmón recién estrenado. Llevo meses batallando con ella, muy enfadada yo, porque se queja de su malestar y de que no mejora, pero no deja de hacer aquellas cosas que empeoran sus síntomas. No falla. Me llevan los demonios, y pienso que es una egoísta, que siempre lo ha sido, y que no le importa nadie más que ella misma.

Cuando un día, aplicándome mis propias lecciones, consigo parar y examinar esas emociones, me doy cuenta de que, en el fondo, no son más (ni menos) que el termómetro que marca la angustia de una hija, que lo único que desea es que su madre esté bien sus últimos años, que mejore de salud, que esté feliz, que disfrute. Angustia, impotencia y tristeza de ver que su mejoría, probablemente, no va a ocurrir. Y su cabezonería, seguramente, quedará intacta por más resoplidos que yo dé. Darme cuenta de esto, me ayuda a aceptar que, efectivamente, no va a ocurrir, y a parar de pelear contra una pared: la de mi empeño.

A pesar de todo lo dicho arriba, y aun recordando que las emociones no siempre van a misa, sí que nos informan de cosas importantes. Aprender a leer esas cosas importantes es crucial para entender qué está pasando REALMENTE, y qué podemos (o no podemos) hacer al respecto. Si quieres saber más, puedes echarle un vistazo a este artículo relacionado.

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