Tal como vimos en un artículo anterior, sentir algo no significa, necesariamente, que sea la verdad absoluta de nuestra experiencia. Solo significa que lo estamos sintiendo en ese momento, pero no que sepamos leer correctamente nuestras emociones. La mayoría de las veces sólo captamos su significado superficial o inmediato, confundiendo su mensaje y reaccionando de forma inadecuada, o totalmente desconectada de las verdaderas razones por las que estamos sintiendo esas emociones. Si quieres saber más sobre esto antes de seguir leyendo, haz clic aquí.

Cuando entendemos que tenemos que escarbar un poco más en nuestro interior si queremos saber qué es lo que realmente está pasando ahí dentro, damos un paso muy importante hacia el autoconocimiento. Para lxs que no les guste mucho esta palabra, debo decirles que «autoconocimiento» o «autoconciencia» es simplemente un sinónimo de «por fin voy a descubrir las verdades sobre mí mismx, para poder navegar por la vida metiendo la pata lo menos posible». Cuanto más autoconocimiento tengamos, menos meteremos la pata, ya que es la mejor brújula en la que podemos confiar.

Cuando empezamos a profundizar un poco más, nos damos cuenta de que leer nuestras propias emociones no es, en absoluto, una habilidad fácil de dominar. Pero una vez que nos hemos graduado en la ‘escuela primaria de lectura de emociones’, podemos aprender a observarlas con más atención, y utilizarlas de manera que nos informen de cosas importantes que normalmente pasamos por alto, por diferentes razones. Principalmente porque, si prestáramos atención a esas cosas, probablemente no tendríamos excusa para hacer la mitad de las cosas que hacemos. Y queremos evitarlo a toda costa, aunque eso signifique hacer cosas que nos perjudiquen a nosotros mismos, o que socaven nuestro bienestar interior.

Pero espera un momento. ¿Por qué íbamos a hacer cosas que nos perjudican o nos dañan? ¿Acaso queremos atormentarnos deliberadamente?

No.

Foto: @elisabetaranda

Pero piensa un momento: ¿cuándo recuerdas haber aprendido a no herir o perjudicar a tu yo profundo? ¿Quién te enseñó a tener en cuenta tu bienestar emocional y mental mientras crecías? ¿Dónde oíste que escuchar tus necesidades y establecer límites saludables era mucho más importante que aprender a hacer la cama o aprobar un examen de inglés? ¿Quién mencionó alguna vez que desarrollar tu propia sabiduría interna era mucho más amoroso que seguir a tu corazón, cuando seguir a tu corazón a menudo significaba situaciones o relaciones potencialmente dañinas?

Ahí tienes la respuesta. Simplemente no sabemos -no nos han enseñado- cómo NO hacernos daño.

Como resultado, nos confundimos sobre lo que nos viene bien en cada momento, sobre lo que queremos o no queremos, sobre lo que necesitamos o no necesitamos, o sobre lo que nos perjudica seriamente. Y, como consecuencia, nos convertimos en adultxs incapaces de discernir entre nuestras verdaderas necesidades y sentimientos auténticos, y nuestras falsas necesidades y antojos neuróticos. Y una de las razones por las que somos incapaces de discernir todo esto es, precisamente, nuestra pobre capacidad para leer las emociones.

Lo que necesitamos aprender de las emociones está, paradójicamente, más allá de las emociones.

No voy a entrar a definir qué es una emoción. Hoy en día se puede navegar por internet y encontrar todo tipo de definiciones de todo tipo de expertxs en la materia. Me centraré más bien en lo que nuestras emociones -doy por hecho que todos sentimos emociones, con algunas excepciones- nos provocan, y en cómo podemos aprender a utilizarlas como brújula, en lugar de intentar constantemente suprimir las que no nos gustan, y perseguir incansablemente las que sí nos gustan o apetecen.

Como mencioné en mi artículo anterior, las emociones que sentimos pueden estar desencadenadas por cosas de las que no somos totalmente conscientes. Esto significa que sentimos todo tipo de emociones a lo largo del día, y la lectura que hacemos de ellas (o que hacen los demás) es, muchas veces, equivocada. Pero, ¿y si pudiéramos cambiar nuestra manera de leerlas?

LuisFer Cámara, director del Instituto Hoffman España, dice que, cuando una respuesta emocional es claramente excesiva o inapropiada para la situación actual, lo más probable es que lo que estemos sintiendo sea el eco de una situación de nuestro pasado, que fue traumática para nosotrxs o, cuando menos, intensa emocionalmente.

De acuerdo. Pero, ¿en serio tengo que desenterrar todas las situaciones no resueltas de mi historia pasada, para poder lidiar con esta situación actual? ¡Qué pereza!

Por supuesto, es una decisión importante la de embarcarse en un viaje para descubrir lo que está pasando REALMENTE con tus emociones, tus relaciones, y lo que pasa dentro de ti. Pero si no tienes tiempo, o no te apetece, o no confías en que eso te vaya a llevar a ningún sitio, sí puedes, al menos, tomar la decisión de prestar la máxima atención cada vez que sientas una emoción. Cualquier emoción. Porque las emociones nos dan mucha información útil:

1.Una o varias emociones se nos disparan con algo que está sucediendo en este instante. Sólo tenemos que prestar atención a lo que pueda ser. Si conseguimos darnos cuenta, aunque sea mínimamente, de que lo que está pasando no es EXACTAMENTE el origen de lo que sentimos, habremos dado un primer paso importantísimo.

2. Cuanto más fuerte sea nuestra respuesta emocional, más probable es que hayamos vinculado inconscientemente esa situación con otra perteneciente a nuestro pasado lejano, que no está relacionada directamente con ésta, pero que se le parece de alguna manera. A pesar de no saber lo que es, y de no poder descubrirlo en este momento, podemos, al menos, abrirnos a la posibilidad de que la respuesta borde de nuestrx jefx, la actitud desafiante de nuestro hijo o la fría respuesta de nuestra hermana, NO sean los únicos hechos responsables de cómo nos sentimos en este momento.

3. Es casi seguro que nos estamos peleando con lo que estamos sintiendo, sencillamente porque no nos gusta y no lo queremos sentir. Y eso lo complica todo aún más, porque ponemos en marcha, de forma automática, una serie de reacciones en cadena que están basadas en lo que creemos que ha disparado esas emociones, y en nuestro intento de dejar de sentirlas. Casi con toda seguridad, esas reacciones también son erróneas o inapropiadas, porque no se corresponden enteramente con lo que provocó, en un primer momento, nuestro estado emocional.

4. Darnos cuenta de todo esto nos sirve para cuestionar muchas de las creencias que acariciamos sobre la situación presente, sobre nosotrxs, sobre nuestras relaciones, y sobre la cantidad de nudos sin resolver que vamos arrastrando desde tiempos inmemoriales. Pero, sobre todo, nos sirve para dejar de echarle la culpa a todo y a todxs sobre cómo nos sentimos. Y esto es crucial, porque podemos empezar a buscar formas de escuchar nuestras necesidades, establecer límites saludables, y desarrollar nuestra sabiduría interna.

Pero vamos a suponer que, a pesar de todo lo dicho arriba, seguimos sin estar dispuestxs a profundizar en nuestra olvidada experiencia de ser niñx, y en los daños que se quedaron pendientes. O rechazamos la idea de dejar de echar la culpa a lo de fuera porque, si renunciamos a eso, ¿qué nos queda? Bueno, hay un camino intermedio que podemos explorar hasta que cambiemos de opinión, si lo hacemos: podemos adentrarnos a conocer el espacio que está más allá -o por encima- de las emociones que estamos sintiendo actualmente. Este espacio está formado por los mensajes que nos enviamos a nosotrxs mismxs a través de las emociones, mensajes que determinan lo que sentimos mucho más que la situación presente. Pero, ¿de dónde vienen estos mensajes?

De los pensamientos, por supuesto.

Piensa de nuevo. ¿Alguna vez te enseñaron que los pensamientos pueden ser un arma de auto-destrucción masiva?

Si quieres saber más, ¡atentx a mi próximo artículo!

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